Mostrando entradas con la etiqueta Comunión Antropoética. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Comunión Antropoética. Mostrar todas las entradas

sábado, 15 de mayo de 2010

843 - 95 - 0928

Le tocó a la academia enfrentar la dura realidad; ¿temblarán en posición fetal al no poder llegar a sus sillas, trasladarán los escritorios a la comodidad del hogar o afinarán su ojo desde la distante objetividad antropológica que los caracteriza? ¿Y yo que hago? Decía Marx que los filósofos sólo sirven para nombrar los problemas. Los nuestro parecen ser anónimos. La nomenclatura se vuelve divertimento.

(Foto: J.D. Capiello © 2006)

Corbatas

a la UPR ausente.


Corbatas estampadas de palabras
pasean por la casa de las letras
conjugando infinitivos
superlativando el adjetivo
rapiñando hojas muertas
de algún tratado fenecido
ausentado de miserias...
...de esa feria
de esa histeria
colectiva de los dioses
enclaustrados en páginas
de sueño enmohecido
...de la teoría
de lo que podría...

de toda esa sucia porquería
que se mete en la sangre
cuando piensas
que con ideas se aderezan mesas

y la frente me tropieza
mientras postergan
un positivo a la piel
llenando de deseo los bolsillos,
condonando salivas
empañetando heridas
en el ejercicio
de nombrar el cayo ajeno

decodificar el pellejito
entre los dedos
curtidos de cemento

intelectualizar el frío
de intemperie en nacimiento
a ver si de lo ajeno
sobre la brea cobran algún sentido

y me nace de las encías
una comezón por poner
tierritas con semilla
cucharitas de hambre
en el hueco de sus manos
poder ver cómo le nacen
nudillos en la garganta
poder ver si se les espanta
el algebramiento de viejo parto,
poderlos ver menstruando panecillos
henchidos
de quebranto

hacer de las corbatas
cataplasmas de suelo y llanto
mampostería de ojos
descorchar el tacto

y no entiendo
por qué me importan

¿por qué me importan tanto?

Será porque también llevo corbata,
será que ya se anuda a la garganta

o será que ya no adorna
si no la llevo salivando.


domingo, 14 de febrero de 2010

ONANIA


De la sección Amor( a )tajadas del libro Comunión antropoética les regalo uno de mis poemas y uno de los pocos de temática romántica o erótica que me atrevo mostrar.


Onania


En sus ojos
un bosque de sauces
atardece más temprano
y un manto
que oscurece el rostro
al compás de un reloj de avena
se tiende hasta enraizar en su boca.

En su nariz
un airecillo
como de hierba húmeda
se cuela en bandadas de mariposas
y un huracán
que desencausa ríos
se deposita bajo el verano de su aliento.

En su boca
un musgo arrulla larvas
para despertar libélulas
y un enjambre de termitas
carga esporas en sus alas
para abonar las raíces de otros sauces
que van naciendo.

En su aliento
una canción de lluvia crece
buscando la humedad de otros labios
y un mar de poros escalofriados
desborda en silencio
ahogando el suspiro
enmudeciendo gemidos
humedeciendo sus dedos.

sábado, 1 de marzo de 2008

RESEÑA REVISTA LUCIÉRNAGA

(Firma de libros a alumnas del Politécnico Las Caobas en la FIL de Santo Domingo)

Revista Internacional de Comentario de Libros Luciérnaga Número 12, septiembre-diciembre de 2007, Año 5, p. 28-35.

Coordenadas de alteridad en Comunión antropoética, de J.D. Capiello-Ortiz.

Por: Federico Irizarry Natal

Una enigmática imagen de dos manos abiertas palmas arriba sobre un plato de comer, ancho y oscuro; cercado, a su vez, por cubiertos en una mesa correctamente servida constituye la portada del poemario de Jorge David Capiello, titulado significativamente Comunión antropoética. No es ésta una ilustración gratuita ni ingenua; mucho menos un detalle meramente decorativo. Toda imagen fotográfica “es como una cita, una máxima o un proverbio”, ha afirmado Susan Sontag al respecto. De acuerdo con ella, me detengo, entonces, brevemente en la foto de la portada para intentar captar lo que me dice. La misma cifra simbólicamente una instancia de cierto espesor eucarístico que, filtrada ya en el título, ha de cruzar el contenido discursivo de este libro hasta terminar por materializarse en una poderosa matriz de sentido. Esta matriz, connotada tanto en la imagen de la portada como en el título, puede enunciarse de la siguiente manera: la asunción de la palabra poética implica la donación de sí en una radical entrega que apuesta visceralmente por la compenetración con el otro.

Para sostener lo anterior, me baso en la interpretación que Marius Schneider y Juan Eduardo Cirlot han hecho sobre la parte del cuerpo a la que hemos aludido. Para el primero, las manos constituyen “la manifestación corporal del estado interior del ser humano”, pues ellas indican “la actitud del espíritu cuando éste no se manifiesta por la vía acústica”. De ahí que el segundo, en su conocido diccionario, deduzca que las manos sean, en ese sentido, un poderoso símbolo de la voz y del canto.

Las manos de esta imagen -así entendidas- corporizan, por lo tanto, una subjetividad apalabrada que, dispuesta como alimento, sólo ha de encontrar su sentido en el otro tras haberla éste interiorizado (o engullido). La portada artificia, así, la invitación a un ágape, a una comunión de fuerte resonancia ética y humana en que hombre y palabra coincidan finalmente en una mutua y fecunda disolución en el tropo; es decir: en el espacio vital y transfigurador de la poesía. De ahí el feliz neologismo que eficazmente da título a este poemario: Comunión antropoética.

La noción de intersubjetividad profunda a la que aspira este poemario acontece como medida necesaria ante un panorama determinado por la precariedad y el deterioro metafísicos. Esta conciencia del absurdo en que deriva el desamparo y el desarraigo de existir se constata fuertemente en el poema titulado De la náusea al escalofrío, en que el sujeto del texto toma la palabra a manera de un enérgico ajuste de cuentas que, en el fondo, no es más que un radical acto de reconocimiento del sinsentido mismo. El texto dice:

He visto a tus hijos
comer de la basura
y beberse las lágrimas
para luego
reposar en el vacío
de la nada que arrulla
en nanas de olvido.
Ya nada en ti es nuevo.
Sé quién eres
desde el pánico al hastío.
Si esto es lo peor que tienes,
te conozco, Vida;
de la náusea al escalofrío.

Desengaño, aversión, tedio y temblor concurren, en este poema, en función de textualizar el malestar óntico al que hacíamos referencia. No obstante, éstas no son las instancias que terminan por caracterizar el registro último de la voz del sujeto que toma la palabra en este poemario. Ello establece, más bien, el telón de fondo en contra del cual se impondrá una voluntad finalmente reivindicativa, una suerte de gesto instaurador de fundamento que, en su apuesta, arriesga la palabra en favor del alcance del otro.

Poemas como Panes y peces, Pequeños bodigos, Cruzar la línea y ¿Hasta que vuelvas? (la última cena) son textos en que muy particularmente la otredad se erige como la posibilidad de una apertura liberadora ante la trampa de existir. Hago referencia brevemente a Panes y peces, que es el texto inicial del libro. En el mismo, bajo la impronta de un tono evidentemente apelativo, el sujeto lírico enuncia una serie de preguntas reflexivas a manera de detonantes que buscan alertar sobre la importancia de establecer verdaderos lazos intersubjetivos. Todo ello dentro de un marco semántico que connota, mediante una acertada mención de alimentos y de elementos relacionados con la corporeidad, un poderoso espectro afectivo-significativo de hondo carácter cristiano. Cito dos fragmentos:

No sé si le pasa
que de pronto,
en ocasiones,
so(ó)lo,
en ocasiones,
siente el irremediable deseo
de abrirse el pecho;
mojar la punta
de los dedos
en el corazón ya abierto
y pasarlos
por los labios
de un desconocido.
---
(¿) querer
con las propias manos
dar de comer
a cientos,
empujarles
con los dedos
las lágrimas
y hacerles dedos
panes y peces,
y multiplicar las manos,
y con las propias manos
cercenar los brazos
y hacer brazos
panes y peces
y repartirlos (?)

Resalto en este texto el vigoroso deseo por romper con los límites de la individualidad en función de abrirse a otros dentro del marco de una enorme tarea regenerativa y fundacional. Aquí el yo no es concebido como una mera mónada caritativa que, en abstracto, aspira a insuflar un espíritu de solidaridad y de justicia sobre las necesidades de los demás; sino como un cuerpo dinámico y abierto cuya sangre desplegada sobre el cuerpo de otros deriva en la materialización de un complicado gesto de amor que se caracteriza por simultáneos movimientos de anulación y reconstrucción. Éste es un yo que se asume de antemano incompleto y que busca, así, romper con las falsas fronteras de la unidad para concluirse en el espacio del otro a la luz del contexto profundo de un drama multicorporal.

Esta idea se repite en uno de los textos más significativos de este poemario; el que se titula, precisamente, “Cruzar la línea”. Sin embargo, donde mejor se puede constatar es en el poema “Si te digo niña”. En el mismo, el sujeto lírico realiza un verdadero salto contra la fosilización del yo a través de una intensa comunión amatoria. La continua movilidad que caracteriza al sujeto de este poemario consigue alcanzar así, mediante el amor carnal, el instante de una plenitud total al quedar localizado radicalmente en el espacio genérico de la amada. Cito el final del texto:

...he aprendido
a hacer el amor en un beso...
porque podría jurar,
y en esto me apuesto hasta el sexo
y lo digo sin temor a dudas
que fue en tus labios
donde un gran día
donde un grande y glorioso día
aprendí a besar como mujer.

Aprender a besar como mujer -esta “feminización del hombre”, como diría Barthes- no es sólo una expresión cordial y sensible capaz de connotar la vulnerabilidad de este sujeto masculino ante el objeto de su fascinación. Es también, en el poemario, la concreción máxima de este yo en desplazamiento cuya vocación nómade lo ha llevado, más allá de la aspiración de compenetrarse con el otro, a la trascendencia que implica la fundación absoluta de sí en la otredad (y viceversa). “No somos una sustancia homogénea y radicalmente extraña a todo lo que no es uno mismo: yo es otro. Pero los otros también son yos”, ha dicho Todorov al respecto.

Por qué esta apuesta por el otro, se pregunta uno. No creo equivocarme al afirmar que en este poemario la otredad se erige como una puntual instancia de reconstrucción existencial. Si ante el absurdo del mundo, la mismidad y todas las tecnologías del yo no pasan de ser una ilusión fugaz contra el abismo permanente; la alteridad materializa el espacio vital en que una verdad más profunda se genera sobre la base de un encuentro orgánico y dialógico entre varias conciencias. Comunión antropoética es, en ese sentido, un libro que rechaza de forma absoluta y tajante aquel famoso aforismo sartriano que dice cínicamente que “el infierno son los otros”. Más cercanos a Bajtín, estos poemas coinciden con algunos planteamientos del ruso; entre ellos destaco uno de los apuntes de los años 70 que dice: “Todo lo que a mí concierne, llega a mi conciencia .... desde el mundo exterior. (...) Yo me conozco inicialmente a través de otros...”.

Esta (antro)poética de la solidaridad se halla fuertemente hermanada con cierta parte de la tradición de la poesía hispanoamericana. Se descubre alegremente en ella los ecos de la palabra vallejiana; sobre todo de aquella en que el peruano, desde su exilio existencial, asume la poesía como una forma de reterritorializar el sentido en estrecha vinculación con sus semejantes. Imposible, en esa línea, leer Comunión antropoética sin que lleguen a la memoria poemas como “El pan nuestro”, “La cena miserable”, “Los anillos fatigados”, “Un hombre pasa con un pan al hombro” y “”Me viene, hay días, una gana ubérrima”, entre otros. Como en la de Vallejo, en la poesía de Jorge David Capiello hay también un tenso trasfondo cristiano que termina por matizar muchas de las zonas del lenguaje que utiliza, así como termina por influir en la misma visión de mundo que se erige en este libro. Además, muchas de las imágenes importantes sobre las cuales se construye este poemario tiene una fuerte resonancia de alcance vallejiano. Destaco puntualmente, entre todas, la del pan. En ambos poetas el pan se asume como un poderoso símbolo de amor y de vida en un contexto caracterizado por la escasez. Así, de la misma manera en que el sujeto vallejiano daba cuenta de la hora fría en que la tierra trasciende a polvo humano y es tan triste, y en consecuencia quiere hacer pedacitos de pan fresco en el horno de su corazón (según se lee en el poema “El pan nuestro”); el sujeto antropoético desea destazar en versos sus poemas para hacer con ellos pequeños bodigos empanados en harina con el fin de abrigar a quien duerme desposeído bajo esa escalera y cubrir de carne tantos huesos (según se desprende del poema “Pequeños bodigos”). El pan, así entendido, más que alimento es fuerza que mueve a una acción de vida, a la donación de sí ante la necesidad del otro.

Esta (antro)poética de la solidaridad también guarda lazos fraternales con la poesía del puertorriqueño José María Lima. Un imaginario metonímico a raíz del cual se montan muchos de los poemas de Comunión antropoética así lo confirman. Sin embargo, en la escritura de Capiello, donde más patente se hace la influencia de la poesía de Lima es, por un lado, en la presencia de una corporeidad que, al estar ligada de forma orgánica al núcleo duro del lenguaje (la sílaba en la piel), se torna poderosa y visceralmente comunicante, y, por otro, en el despliegue de un ideal humanista de justicia que suele trascender cualquier abanderamiento político. Sobre esto último vale la pena hacer mención del poema “Hasta cuándo”, en el que el autor establece un diálogo con José María Lima en torno de la urgencia por hacer coincidir la acción solidaria con la palabra que ha prometido un futuro distinto y mejor. Primero cito el fragmento que nos importa del texto de Lima, el cual forma parte de “Hacia el olor del pan (poemas de guerra)”; y después cito del poema de Capiello para ponerlos en contraste:

Una gran afirmación, la más bella, avanza recogida en sí misma en hermosa espíral. Lo sentimos en la médula de nuestros huesos, aquellos que por fortuna, deber, desgracia, o todas estas cosas juntas, guardamos el recuerdo de otras médulas que guardaron el recuerdo de otras médulas donde ya presencia – brote – débil comienzo de explosión nacía el maravilloso laberinto de lusombras tantas veces asesinados que hoy nos acecha y al cual nos acercamos sobrecogidos de ese terror compacto y necesario que precede los encuentros felices. Y ya tiene, te lo aseguro Cesar Vallejo, toda paloma asignado su toro, cada toro su España y añado, salvando las distancias, que cada nuez alcanzará su diente. ¿Y el diente? Tienen sello los dientes y los niños de mañana no nacerán sin índice.

Ante este texto, el sujeto antropoético reacciona de la siguiente manera:

Hasta cuándo Molar
inmenso
hermano de los dientes ya reunidos

continuará la sombra atravesando la palabra,
haciendo la tarde de vísceras amuralladas

un cuando sin acento es necesario
y sólo una cosa me incomoda:

para qué mañana
si ahora se hizo tarde (...)
y yo como tú María Lima
quisiera
'para mis ojos luz o sombra'
pero no pienso esperar
a que la uña dicte la hora

Si bien este último texto es elogioso del primero, lo cierto es que por lo mismo no deja de ser ante él algo conflictivo en su deseo de complementación. A la promesa de mañana del de Lima opone tajantemente la acción correctora del ahora. Este ahora, de acuerdo con lo aludido en un principio, en realidad es un todavía -muy vallejiano, por cierto- que requiere, más que señalamientos de buena voluntad o augurios, una palabra indisolublemente ligada al peso del verdadero acto solidario con el otro. En ese sentido, la (antro)poética de Capiello no es solamente una poética de la solidaridad; es ante todo una poética de la urgencia.

Quiero terminar esta presentación aludiendo brevemente a un aspecto de suma importancia en este poemario. Aspecto que requeriría de una lectura detenida y profunda en algún otro momento. Me refiero, específicamente, a la presencia de una dimensión metapoética en este libro. La misma radica en una poderosa reflexión sobre el lenguaje, sobre todo el lenguaje, siempre problemático, de la poesía.

El sujeto antropoético sabe -en plena refutación a Hölderlin- que la poesía no es “la más inocente de todas las ocupaciones”; que el juego de palabras sobre el cual se construye el poema no es un juego gratuito, sino comprometedoramente serio. De ahí, según se dice en uno de sus poemas, que “del verso al verso extiend(a) un puerto /un puente, (y) más que puente, (un) cordón umbilical / unido a la placenta que placenteramente conecta / discurso y susto al dolor de no ser”. Extender un puente o un cordón umbilical a través del verso es una forma también de decir que el lenguaje está roto, que entre la palabra y la realidad hay una grieta sobre la cual finalmente urge un drástico proceso de suturación. La toma de la palabra por parte de este sujeto es, en ese sentido, una medida de acción en contra de ese vacío. Por un lado, su palabra denuncia y expone el drama de dicha ruptura y, por otro, su discurso poético, de forma más radical, aspira a materializarse como una potencial instancia de reconstrucción. El asunto, no obstante, no es nada fácil. Con Žižek sabemos que “la palabra es el asesinato de una cosa, no sólo en el sentido elemental de implicar su ausencia -(pues) al darle nombre, la tratamos como ausente (...)- sino, sobre todo, en el de su disección radical”. Esto último, en la medida en que “la palabra descuartiza a la cosa, la arranca de su fijación en su contexto concreto”, según especifica el esloveno en uno de sus ensayos sobre psicoanálisis y cine. Reconstruir por medio del discurso poético debe implicar, por lo tanto, no sólo hacer presente por fin a la cosa en la palabra, sino también atarla de forma verdaderamente orgánica al contexto concreto de donde ha sido desvinculada. Reconstruir por medio del discurso poético es, así, la (re)instauración de una palabra encarnada; de un enunciado recuperado de un ámbito fatalmente desfamiliarizado y desfamiliarizante en función de restablecer el diálogo esencial entre el hombre y el mundo (es decir: entre el hombre y lo otro) a través de una comunión profunda -tal y como reza el título de este poemario- sobre la base de una lengua plena, completa y viva.

jueves, 24 de enero de 2008

CASQUILLOS #9 - ANTROPOQUILLOS

(Libros Agonizantes)

De entre algunas boberías garabateadas en un libro titulado Comunión Antopoética, por un tal Jorge David Capiello-Ortiz, el Copista Calisténico ha tenido la consideración de rescatar unos poemillas que bien pudieran hacer las veces de "casi logrados" casquillos. Disfruten pues, o sufran, de estos Casquillos Antropoéticos. O más bien, Antropoquillos.


Amante ilustrado
a Lidialy Rosario
.
.
Lo admito.
Es cierto.
Toda acción de la palabra
constituye una ostentación al poder.
Y así, vulgar y descaradamente te amo;
sin importarme tu consentimiento.



Al pie de la letra


La poesía erótica
sólo cobra sentido
cuando contigo se vive el verso,
al ras de la tinta.



Sobre tu piel
a Valerie Febres
.
.
Sin dejar de ser honesto
un poeta no siempre escribe sobre lo que siente,
sino sobre lo que quiere sentir.
Por eso hoy más que nunca
escribo sobre tu piel.



NO3
.
.
Tú radical libre.
Tú elemento inestable.
Yo…
(ni)trato.

miércoles, 17 de octubre de 2007

ENTREVISTA REVISTA LUCIÉRNAGA

Foto por: Rubén J. M. Ramos Colón (mxtrbenny@yahoo.com)
.
Revista Internacional de Comentario de Libros Luciérnaga
Número 11, mayo-agosto de 2007, Año 4, p. 14-21.
.

“Mesa abierta”

Por: Jaditza Aguilar Castro

“el pie nunca fue más allá de la línea / mas hoy la cruzo / y en esta ocasión, / como en todas las causas justas”.
J.D. Capiello-Ortiz - “Cruzar la línea”

Próximamente saldrá a la luz el poemario “Comunión Antropoética” (Editorial Isla Negra, 2006), de J. D. Capiello-Ortiz. Es un texto muy singular que nos hace volver hacia otros textos, como la Biblia, que nos brindan relatos alicientes. Capiello-Ortiz, hijo de una pastora protestante y natal de la ciudad de Ponce, emerge del colectivo El Sótano 00931 y se caracteriza por contener una temática muy cuidadosa relacionada con las “causas justas” y el amor. Conozcamos un poco el fondo del poeta.

Jaditza Aguilar Castro: Tu poemario, que pronto saldrá al público se titula “Comunión Antropoética” ¿Por qué “Comunión”? ¿Con qué se comulga? ¿Por qué “antropoética”? ¿Por qué la conjunción casi tautológica de ambos términos?

J. D. Capiello-Ortiz: Comunión porque remite a común, a comunicación, a comunidad, al diálogo entre muchos y que produce sus propios encuentros y contingencias desde la negociación de posibles diferencias pero no desde la desigualdad. Y antropoética porque es el Verbo hecho carne, la palabra hecha ente social, que habite entre nosotros, la poesía pensada desde lo Bello-sublime pero, de una estética antropológica si así pudiera llamarse. No quiero caer en la discusión de si es o no comprometida pero, dada la tonada de los textos, sé que algo hay que comentar. Wolfgang Iser comenta sobre una “dimensión antropológica de las ficciones literarias” que me parece ser cien por ciento extensible a la poesía. Y en ese sentido creo que, ante un tiempo en que las utopías sólo producen sospechas, la única utopía que queda es la palabra, la que crea, se crea y se recrea constantemente: el logos. El discurso ya no como lógica sino como “mithos”. Así es como único la palabra es dios pero dios hecho hombre. Y a la vez el hombre hecho dios. O simultáneamente dios y hombre en una comunión creadora.

Jaditza Aguilar Castro: Sin hacer mención específica a ninguno de tus poemas, sólo aludiendo a la generalidad de ellos, ¿cómo consideras la presencia de lo cristiano en tu poesía?

J. D. Capiello-Ortiz: La presencia de lo cristiano está como inmanencia de una crianza pero a la vez como el resultado de cuestionar precisamente el cristianismo (institucional) para poder tener mi propia experiencia y a través de ésta una convicción que finalmente refuerce mi fe. No creo en la fe ciega (religiosidad). Por otra parte esa experiencia siempre tiene que ser liberadora y, de alguna manera, traducible a la vida humana. Sino qué sentido tendría. Entonces dicha experiencia tiene una función social tanto a nivel colectivo como individual. Pues si bien lo social implica lo colectivo, quien en lo individual experimenta la libertad no debería reproducir sino libertad y, si bien puede sonar controversial, libertad aunque sea como parte de una “dimensión antropológica de las ficciones literarias”.

Jaditza Aguilar Castro: “Panes y peces” es uno de tus poemas, ¿cuál sería la relación que tiene con los episodios bíblicos de la Última cena, las bodas de Canaán, y los panes y los peces?

J. D. Capiello-Ortiz: Con la última cena específicamente, la relación que este poema guarda es más bien con la cuestión de la transustanciación. Me fascina la idea de que algo pueda ser dual. Pan y carne; vino y sangre. Sublime y trivial a la vez. Igual que las manos; ser mis manos y a la vez de otros o para otros sin dejar de ser mías. Respecto a las bodas, si te fijas, también hay una transubstanciación pero para satisfacer algo completamente trivial: el placer de un buen vino. La cuestión humana en su más simple expresión jamás fue abandonada por Cristo. No hay cristianismo ni nada sin sociedad y en ese sentido el cristianismo se traduce en social-cristianismo. Los panes y los peces en la Biblia son el mejor ejemplo. Se satisface tanto la necesidad espiritual como la física: la catarsis y la saciedad o satisfacción tomadas de la mano.

Jaditza Aguilar Castro: Cuando en poemas como, una vez más, “Panes y peces,” Metalingüística,” “Pequeños Bodigos” y “¿Hasta que vuelvas?: (la última cena)”, por ejemplo, remites al dolor, ¿qué función poética o humana tiene este sufrimiento de hermanos?

J. D. Capiello-Ortiz: Sí hay un sufrimiento de hermanos cuando hay hermandad pero, sobre todo, me importa cómo el sufrimiento nos hermana y nos alecciona a la vez que nos da noticia de nuestra naturaleza. En ese sentido el dolor es una bendición. Dice Maria Lima que: “desde el dolor / el viento trae aromas de otra orilla. / Sé que no estamos lejos.” Sandra María Estévez tiene también un poema que dice: “I speak two languages broken into each other / but my heart speaks the language of people / born in oppression.” También hay una propuesta de puertorriqueñidad, de hermandad, en esto.

Jaditza Aguilar Castro: “De la náusea al escalofrío” es, probablemente, o al menos a mi parecer, el poema más estremecedor, como las imágenes de su título proyectan, ¿así conoces la vida o algo más aborda la vitalidad de tus días? ¿En qué pensabas cuando escribiste este poema?

J. D. Capiello-Ortiz: Lo que me gusta de este poema es que me dio la oportunidad de liberarme de lo que sentía en un momento específico. Por eso dice que, “Ya este cadáver / tiene veinticinco años”. Como Altazor, que vuela, la vida es siempre un mismo vuelo aunque a veces se vuela alto, y otras, muy bajito; cerca del piso. Por lo mismo el poema es uno de desengaño. No siempre se vuela alto y en este poema no hablo de no haberlo hecho, sino de cuando casi se toca fondo pero desde el aquí y el ahora de encontrarse bien abajo pero, a la vez, un momento desde la transitoriedad del vuelo.

Jaditza Aguilar Castro: ¿No hay en la voz poética que reproduces en tus versos, a pesar de todo, un algo de rebeldía? ¿Si lo estimas así, en qué sentido?

J. D. Capiello-Ortiz: Rebeldía, no creo –aunque dejo espacio para quien así me lea–. Es una cuestión de conceptuación. Me parece que la rebeldía es un producto, no un causante. Yo prefiero la palabra inconformidad. Puro nihilismo activo diría Nietzsche. La acción debe ir sobre la reacción y la rebeldía no es más que pura reacción. Yo soy un inconforme; un actante. Destruir para dar paso a nuevos valores. Decía Nietzsche que no se trata de buscar el sentido de las cosas sino de introducirlo en ellas.

Jaditza Aguilar Castro: Las imágenes que utilizas del cuerpo y cómo las utilizas, pienso por ejemplo en “Cruzar la línea,” “Corbatas” y “Letrilla por Corinne Bruno”, es una muy particular. Recuerdas a aquel Vallejo que escribió: Jueves será, porque hoy, jueves, que proso / estos versos, los húmeros me he puesto / a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto / con todo mi camino, a verme solo (“Piedra negra sobre una piedra blanca”). ¿Dónde empieza el Vallejo que hay en ti?

J. D. Capiello-Ortiz: Sobre el cuerpo, me alegra mucho que hayas notado ese detalle pues sé que, de todo lo que con intención hago en mi poesía, esto es lo que con más celo cuido, al menos en estos poemas. Si bien la Biblia es parte de mi capital metafórico, creo que el cuerpo es mi presupuesto principal (hay toda una poética del cuerpo). Lo hago porque el referente es accesible a todo el mundo. La poesía, como el lenguaje en general, siempre presupone un otro. Por eso la palabra siempre será dialógica. En esa relación con el otro a través de la poesía siempre se entabla una relación hermenéutica mínima necesaria desde donde se negocian los encuentros y contingencias entre emisor y receptor. Y si es así, para que haya negociación, esta tiene que darse con la misma moneda, habrá quien tenga más monedas que otro, pero siempre serán monedas reales; se negociará con igual valor y no unos con monedas reales y otros con fichas plásticas. Entonces la metáfora y el referente, como monedas, me permiten negociar más si son corazón, manos, brazos, encías, uñas, piel; y no nibelungos, nenúfares, hierofantes, etc. Sobre Vallejo… (igual que todos los otros) creo que empieza cuando veo que es posible negociar con igual moneda (aunque los intereses puedan incluso ser distintos).

Jaditza Aguilar Castro: Por cierto, ¿Alguna vez leíste “Pan” de Gabriela Mistral? Las primeras dos partes de tu poemario me remiten a aquella imagen del pan sobre la mesa; así como me lleva irrevocablemente a Vallejo y, gracias a mis últimas lecturas, a José María Lima. ¿Qué te hermana a ellos?

J. D. Capiello-Ortiz: En lo personal no soy fanático de Gabriela Mistral y aunque no recuerdo haber leído su poema sí reconozco que tenemos mucho que nos hermana. Con ella, Vallejo y Maria Lima me hermana que comemos antes y que escribimos después; y que me atrevería a decir que en algún momento (antes… después) escribimos para comer. Como cualquier plomero, herrero, albañil o ferretero. ¡Ah!... y que nos gustaría que nos leyeran a nosotros y no a los que a través de nosotros pudieran estar hablando. También respeto mucho las lecturas valientes que se sostienen sólo desde el texto.

Jaditza Aguilar Castro: ¿Sientes que has recibido alguna influencia de la teología de la liberación?

J. D. Capiello-Ortiz: Siéndote honesto no es mucho lo que he leído al respecto pero definitivamente por lo que sé, si no me ha influido, al menos las propuestas son muy similares. En ese sentido mi propuesta no es para nada original. Ahora bien, podría decirte que creo firmemente en que “la verdad nos hará libres”, y que cuando Cristo dijo, “yo soy el camino, la verdad y la vida”, no fue como principio teleológico sino como camino, como búsqueda, como compromiso de gesta y devenir; la verdad como estado transitivo más que como sustantivo. Hacer la verdad.

Jaditza Aguilar Castro: Primero, ¿se entiende la poesía?

J. D. Capiello-Ortiz: Entender conlleva un proceso de conocimiento. Un develar o desocultamiento como diría Heidegger y Gadamer posteriormente. Hay quien para entender parta de un conocimiento previo desde donde acercarse (presupuesto cultural, el otro del orden simbólico lacaniano). A esto le llamo interpretar. En mi caso personal, prefiero que ese filtro aprehensor sean el cuerpo, la experiencia y los sentidos del que lee (ego). Si bien habrá siempre un presupuesto cultural inseparable, los referentes, como instrumentos de aprehensión a partir de los sentidos, responderán más a la necesidad del yo lector y esto más que interpretar es crear nuevo conocimiento y nuevas categorías. Así se da un develar de verdad no antes contenido en la cultura previa (el otro). Ese es el entender al que quiero invitar con mi poesía. Al conocimiento. Es por eso que la poesía “se siente para entenderse”. Para conocerse. Pero no sé, dime tú. Cuando me leíste, ¿la entendiste?

Jaditza Aguilar Castro: Parece haber un giro de la primera parte de tu poemario, que se titula igual que el texto global, y la segunda parte, “De cal y de arena”. Hay cierto cinismo o cierta ironía que en la primera parte sólo observo en el poema sobre Neruda. Háblanos un poco de ello.

J. D. Capiello-Ortiz: El giro que se da de la primera a la segunda parte es uno que entendía necesario. El registro de la primera parte hace que el discurso sea uno muy presumido. Aunque se sabe discurso, no lo da a entender más allá de la intencionalidad de las imágenes como manipulación y recurso estético o poético. Por ejemplo, no es un “Amante ilustrado” que de antemano hace clara su agenda. Quizás reconociendo esa posible deficiencia es que termino la primera parte con “Un verso vuela” que dice que, “Un verso vuela / con el descaro de un nombre / que le quiere escupir su amor / en la cara al mundo”. En esta segunda parte la poesía se reconoce discurso dando al lector de sospecha la noticia y premisa de que no hay lenguaje ingenuo, que todo es lúdico, estructuras de tensión y poder, encuentros y desencuentros pero que a la vez, desde la comunión antropoética, el juego se convierte en negociación. Por eso “De cal y de arena”, y por eso el juego pero, con las cartas sobre la mesa. No hay nada bajo la manga.

Jaditza Aguilar Castro: ¿Qué poder ostenta el amante de “Amante ilustrado”, valga la redundancia?

J. D. Capiello-Ortiz: Ostenta poder entrar al juego-negociación de la posesión-y-la-entrega, de dar amor desde el egoísmo del deseo. Nadie ama por sacrificio sino por placer. Así amar se traduce en ejercicio de libertad. Ni se sacrifica ni se exige. Simplemente se da. En esa búsqueda de satisfacción hay un juego de entrega y la palabra es el mecanismo de persuasión. Te amo se traduce pues en metáfora del deseo del otro (de poseerlo en la entrega).

Jaditza Aguilar Castro: Si existe un giro leve en la transición de la primera a la segunda parte, ¿cómo describirías o justificarías el giro, al parecer, profundo entre las primeras dos partes y la tercera?

J. D. Capiello-Ortiz: Creo que sí hay un giro pero no lo entiendo tan drástico. De hecho, diría que en términos de estrategia discursiva la transición es menos marcada. Lo que si tengo claro es que el registro (tono) discursivo de la tercera parte no es tan fuerte como el de la primera que es muy emotivo o en ocasiones sentencioso, ni como el de la segunda que parecería cínico como bien apuntas. Pero en términos (de análisis) de discurso el cinismo de la segunda parte es la transición perfecta para las ironías de la tercera; cosa que no se ve en el “straight forward” discursivo de la primera parte. Creo que es una cuestión de tonada. Igual creo que cada tema exige un tono, una voz, aunque las estrategias discursivas sean las mismas (o quizás varíen de poeta en poeta). Yo lo explicaría de la siguiente forma: Hay una transición de la primera a la segunda parte donde se sostiene el tono (social, intenso, sentencioso) pero que añade una estrategia discursiva (ironía, cinismo) luego, de la segunda parte a la tercera, la transición que se da abandona el tono (quizás social y ahora romántico) pero sostiene la estrategia discursiva (ironía, cinismo).

Jaditza Aguilar Castro: ¿Hasta qué punto se podría considerar la erótica, el amor entre dos personas, una forma de poética?

J. D. Capiello-Ortiz: Creo que primero habría que definir lo que es erótico y, obviamente, por contraste con lo romántico. Considero lo erótico como aquel discurso que incluye el juego de la seducción y el cuerpo como parte del amor; es decir: el deseo y lo carnal. Sin embargo considero también que la poesía de por sí es erótica pues aunque el cuerpo sólo está (o no) presente como escritura, sin importar el tema, la seducción al lector no puede faltar jamás. Si no me equivoco era Barthes quien hablaba de lo erótico en su libro “El placer del texto” y decía que lo erótico no es la hendidura en la falda ni el pedazo de piel que va quedando al descubierto, sino el corrido de la falda, ese ansioso ¿hasta donde? del que observa cómo la piel se desoculta ante sus ojos. En ese sentido considero más erótico decirte por ejemplo, “que dibujes con tus labios los contornos de mi copa mientras bebes de este vino blanco” antes que cualquier otra cosa por más presente que esté el cuerpo. La tela sería romántica. El cuerpo, pornográfico. Pero el descubrir… Contestando directamente tu pregunta, si lo erótico es el desocultamiento, la erótica como poética (el qué y cómo del ser de la poesía), es el desocultamiento del sentido y el placer que ese desocultamiento despierta. Claro que si.

Jaditza Aguilar Castro: La voz poética de la tercera parte, ¿qué le inquieta? ¿qué le hace estar en ascuas?

J. D. Capiello-Ortiz: El recuerdo de la pérdida y cómo articularlo lingüística y verbalmente de una manera que no me sea conflictivo. Salir victorioso en cada giro del lenguaje frente a la disolución del yo que representa la carencia del otro. Cada vez despedirme mejor, diría Pepe Liboy.

Jaditza Aguilar Castro: ¿Qué Judit degolló al hereje soberbio de la voz poética de la tercera parte? En otras palabras, ¿qué mujer busca la voz poética de la última sección del libro de poesías?

J. D. Capiello-Ortiz: No busca ninguna; se despide de muchas.

Jaditza Aguilar Castro: ¿Qué opinas de la producción global de tus poemas? ¿Qué cambiarías? ¿Qué dejarías “igual” en tu próximo poemario?

J. D. Capiello-Ortiz: Que son lo mejor que pude dar en ese momento. Que no cambiaría nada pues sino, no serían aquellos poemas, serían otros. Y que no dejaría nada igual para el próximo poemario porque entonces no sería el próximo. Si te soy honesto creo que un poema no está terminado hasta que el poeta muere pero hoy sé que los poemas de mañana sólo los escribiré mañana. Mirar con desprecio los trabajos anteriores es un estúpido e infantil gesto de arrogancia. La escritura es un eterno ejercicio de maduración y para que esa maduración se dé mis mejores poemas de hoy mañana tendrán que ser vistos como necesarios ejercicios de escritura.

lunes, 15 de octubre de 2007

ENTREVISTA END 3 DE MARZO DE 2007



San Juan, Puerto Rico - Sabado 03 Marzo 2007. p. 98

“El libro es un intento por llegar”

Por Mario Alegre Barrios / malegre@elnuevodia.com

Jorge David Capiello-Ortiz -autor del poemario “Comunión antropoética” que hoy se presenta en La Tertulia- asegura que escribe con el afán de tocar a otros con sus palabras.


Sin dejar de ser honesto / un poeta no siempre escribe sobre lo que siente /
sino sobre lo que quiere sentir. / Por eso hoy más que nunca / escribo sobre tu piel.
Jorge David Capiello-Ortiz



Sólo se es poeta cuando se publica un libro. Así de simple. No importa si se han escrito mil poemas o si hasta en el colmado se piden las cosas en verso, tampoco si se está en cuanto “open mic” se organiza o si todo en la vida se traduce en metáforas. Para Jorge David Capiello-Ortiz esto es una verdad a medias y por esa parte que no es mentira esta tarde -a las 6- presentará su ópera prima, Comunión antropoética (Isla Negra Editores), en la librería La Tertulia del Viejo San Juan.
No lo niega: sin que le tiemble la voz acepta que cuando escribió los poemas que dan sustancia a este libro lo hizo con la ilusión de que fuesen eso, un libro. “Siempre he escrito con la idea de llegar a ser ‘alguien’ y, para muchos, tener un libro de alguna manera es parte de eso, como lo dijo Antonio Rosario Quiles en una entrevista: ‘sólo se es poeta cuando se publica’, y quizá tenga algo de razón”, dice el escritor ponceño, fraguado en la entraña del colectivo El Sótano. “Si no tienes un libro no se te respeta como escritor, no entras al canon. Puedes ser el mejor y leer poemas en todas las barras del mundo, repartir poemas estupendos en hojas sueltas en la calle y eso no basta, hay que tener un libro. Es una necesidad ‘institucional’ y la mejor manera de que el poema perdure”.
Miembro de esa camada que incluye nombres como los de Kattia Chico, Ángel Matos, Mayda Colón, Amarilys Tavares, Juanmanuel González, Julio César Pol, Federico Irizarry y John Torres, Jorge David es uno de los últimos en publicar, a pesar de haber tenido su libro “armado” desde el 2002. “Su salida se demoro por varias razones, pero a la postre eso ha sido positivo porque me permitió madurar la selección”, comenta. “Los primeros poemas del libro aluden a la transmutación de muchas maneras, con la comunión como eje”, ilustra. “Mami es ministro protestante y toda mi cantera metafórica viene de ese mundo. En el libro trato de elaborar un cristianismo más social, acercándome al Dios hecho hombre para lograr una comunión entre lo divino, la humanidad y muchas otras cosas de la vida que nunca han sido dejadas de la mano de Dios... se trata de poder ver a Dios en todo lo que nos rodea”.


Sin “viaje”
Jorge David señala que la primera vez que tuvo el libro entre sus manos no paso nada especial. “La verdad es que no me sentí muy distinto y vine a reaccionar luego de varios días”, acota. “Fue muy raro... se espera, se espera, se espera y una vez lo tienes en las manos dices ‘¿y ahora?’ Entonces tienes que dar la cara por él, ayudarlo a que empiece a caminar, presentarlo, leerlo. Estoy bien claro de muchas cosas que algunos escritores quieren obviar o desconocen. Hay colegas que reniegan de esa parte de lo que representa publicar un libro, como si escribir no tuviese implícito el propósito de llegar a otros, escritores a los que, me imagino, no les importa el lector y, si publican, ellos mismos compran la tirada completa de sus libros”.
En esta misma línea de pensamiento, Capiello-Ortiz señala que “el libro es un producto al que tienes que ayudarlo a andar y cuidarlo”. “Si no puedes descuidar el verso, tampoco la manera como se facilita que ese libro llegue a su destino”, afirma.
Asimismo, el escritor confiesa que se ha sentido sorprendido y halagado por la estupenda aceptación que ha tenido su libro entre la comunidad literaria, sobre todo porque se considera mejor narrador que poeta. “Mi poesía tiene mucho cuidado, pero nunca he creído mucho en ella”, reflexiona. “Sé que es buena pero no excelente, pero no deja de complacerme mucho sentir que haya personas que sí la consideren así”.


Hacia el final de la charla Jorge David -cuya primera lectora es su madre- destaca que le preocupa profundamente que su poesía tenga una resonancia en cualquiera que la lea. “No me voy en ese ‘viaje’ del ‘yo sólo escribo pa mí’, sino que hay un afán de decir y que diga me trascienda a mí... el libro es un intento por llegar”, concluye.