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viernes, 18 de noviembre de 2011

RAPUNZEL



Erase una vez que en las tardes paseaba el príncipe cercano de una torre cuando, cautivo por una dulce melodía, en la ventana se asomaba una joven que cantaba, "sube por mis trenzas / aunque sudes y resuelles / podrán parecerte tersas / pero halan más que yunta 'e bueyes".

Rapunzel.

domingo, 5 de junio de 2011

EL PAN NUESTRO



EL PAN NUESTRO.

Como todo chico, aprendió que ganaría el pan con el sudor de su frente. Así que, tan pronto lo tuvo en sus manos, corrió tanto como le fue posible.

domingo, 27 de junio de 2010

OCULTO (SARAMAGO)



Oculto

…no parece que por aquí pueda entrar la muerte.
Silla - José Saramago


José empezó a caer, a venirse abajo, a deshacerse, pero no, en el rigor del término, a desaparecer. En sentido estricto, dejar de aparecer, si nos sirviéramos de la comodidad que permite el sentido afín de una sinonimia, significa ocultarse. Claro está, propiamente dicho, nada desaparece. Quiero decir: dejar de existir; sino que deja de aparecer ante el ojo de la forma en que éste lo había percibido hasta el momento. Entonces, de una persona, José, en este caso, no podría decirse que se oculta. Ahora bien, si decimos que se oculta el sol, como también decimos que se oculta la luna cuando todos sabemos (por cuestiones de traslación de los astros en las que no viene al caso extendernos) que uno y otro son casos distintos ¿no podría, en definitiva, ocultarse José? ¿no podríamos, por una cuestión de afinidad, tomarnos la licencia de decir que se oculta? Acéptese entonces que José se oculta, aunque todo se reduzca a caer, a deshacerse, a dejar de aparecer…

viernes, 6 de noviembre de 2009

La Princesa y las "Nueces de Ay, ay, ay"

"Yendo y viniendo el tiempo, creció la niña y el Rey decidió que ya era necesario que se casara, pero la princesa no estaba de acuerdo, y decía:

-No papacito, ni creas que me casaré nada más así; el que quiera casarse conmigo tendrá que pasar tres pruebas y si no las pasa, penará con la vida.

Con tal de casarla, el Rey mandó por todos los confines del reino heraldos que leyeran el bando en el cual se hacía saber a todos los súbditos que pretendieran la mano de la princesa, que podían ir a palacio a someterse a las tres pruebas, advirtiéndoseles que el que no las pasara, penaría con la vida".

[ ... ]

Muchos son los cuentos que narran la historia en que una princesa muy solicitada se sirve de tres pruebas irresolubles para evadir casamiento. En la que a mí se me contó de niño, la final de dichas tres pruebas constaba en encontrar una nueces llamadas de "Ay, ay, ay", y de las que nadie tenía noticia.

Termina la historia, para acortar el paso, con un noble carbonerito que en un saco metió varios cangrejos y, cuenta la historia que, al meter la princesa sus tersas manos y tocar los animalejos, sorprendida exclamo, "nueces", y acto seguido los "Ay, ay, ay..." se escuchaban hasta el más recóndito rincón de palacio.

Ya de grande no suelo ser tan crédulo en materia de historias sobre princesas y palacios, pero algo si les puedo confirmar, las llamadas nueces de "Ay, ay, ay", existen.

Do you want some!

miércoles, 7 de enero de 2009

AVENTIS #3 - LAS MANITAS DE JESÚS

El Copista regresa luego de unas largas vacaciones. Por ahora no más casquillos. En cambio les regalo un relato como homenaje a esos pequeños duendesillos que trabajan duro para que nuestro niños puedan lucir en sus ojitos la alegría de recibir un regalo el día de Navidad. (Nota: El Copista ha publicado este relato luego de las fiestas propias de la temporada para no afectar nuestra ya maltrecha economía).



Las manitas de Jesús


There is a woman in Somalia […]
She cries to the heaven above
There is a stone in my heart
She lives a life she didn’t choose
And it hurts like brand-new shoes.
Pearls Song- Sade


Cuando las manitas aparecieron en el barrio Caracoles lo hicieron como todo lo que a él llega. Como por el decreto inapelable de un simple porque sí. Lo hicieron como por obra y gracia de una redondez que parece gobernar el mundo. Porque el mundo es redondo. Porque da vueltas. Porque por virtud de eso mismo lo que hoy parece un punto ajeno y distante mañana pudiera ser la tierra que se quisiera quitar de los zapatos. Quizás por eso llegaron en navidad; por la inevitable sensación de encontrarte frente a una nueva vuelta remotamente ya conocida; ya olvidada. Así de pronto se encuentra uno mirándose a los ojos con la extrañeza de no conocerse, o mejor dicho, con la sorpresa de no haberse reconocido antes. Y así, como por el peso de una ley natural, aquellas navidades para Mateíto fueron el resultado de esa ineludible redondez.

Teíto, como cariñosamente le llamaban, había llegado a Caracoles luego que la abuela decidiera que sería mejor que Mamita y él vivieran con ella pues, según él, Papito tenía muchos nenes y la abuela ya no tenía ninguno. De manera que éstas serían las sextas navidades que pasaban con Margó. Sabía, a sus escasos nueve añitos, que era el hombre de la casa y que trabajar sería necesario.

Los días se acortaban como es común en esa época del año pero en el barrio también se sentía ese aire de celebración que es costumbre de la temporada. Parecía como si el exceso de actividad fuera condición exigida para compensar la escasez de claridad. Margó ya sacaba las luces y los adornos, y Teíto le ayudaba mientras Mamita montaba el árbol artificial bajo el cual habían acomodado los regalos de las últimas cinco navidades. En el barrio los preparativos anunciaban las fiestas. Todo era parte de un proceso que terminaría con la noche del Niñito Jesús. Nochebuena. La ilusión se leía en los rostros, y recordar las navidades anteriores, en la medida que pasaban los días, se volvía conversación obligada en la casa.

Teíto recordaba cómo, sin aún haber salido el sol hacía escasamente un año atrás, se sentaba en torno a aquel adefesio verde de alambres y abría los regalos mientras Margó y Mamita aún dormían. Siempre había obsequios. Así que no había ni la más remota duda de que este año también. Margó hacía historias de cómo el niñito Jesús dejaba regalos a los niños buenos que se arropaban con el cielo. Decía que Él mismo con sus propias manitas, en la noche de navidad, acariciaba las barriguitas de quienes tenían hambre viendo así como sus vientres se hinchaban y no sufrían más. Por momentos esto calmaba las preguntas que Teíto tenía sobre los morenitos que parecían buenos y que tanto veía en televisión. De manera que no habría razón para preocuparse. Aquel milagro de amor se cumpliría como en todas las ocasiones antes y como poco tendría una camisa y pantalón nuevos por lo cual todos sabrían que se había portado bien.

Estas no eran las únicas historias que Margó contaba. También hablaba de cómo eran las fiestas cuando era niña. Ella lo sabía todo. Por ella Teíto sabía de cómo las piezas de ropa que se regalaban en tiempos de la abuela lucían los más nítidos bordados. También escuchaba de cómo los camioncitos, que eran de madera en aquel entonces, fueron cambiando por plástico. Con los años, las manitas de Jesús se hacían diestras y ya no era necesario pintar los juguetes a mano pues parecería que un batallón de angelitos ahora le ayudaba. Igual decía que de todos modos ya no valía la pena bordar. Se podía encontrar casi cualquier cosa sin tener que pagar mucho por ellas.

Margó recordaba con entusiasmo cuando por primera vez vio una escalera que subía sola. Contaba que en vez de subir al siguiente nivel si te detenías sobre ella el segundo piso venía hacia ti. Y que toda una cadena de tiendas enormes como catedrales, pero sin el calor que en estas últimas hace, las tenían por todas partes. De esos enormes templos con escaleras que subían solas era que decía la abuela que el niñito Jesús traía los regalos que ponía en cada casa. Así que, unos cuantos días antes de nochebuena, Mamita y Margó fueron a ver lo que le pedirían para Teíto al Sagrado Niño para el día de navidad.

Ya en las tiendas, verdaderas basílicas del comercio, Margó mostraba algunas piezas a Mamita pensando en lo bien que lucirían en su pequeño crío. De donde escoger no sería problema. “Made in Somalia”, “Made in Kenia”, “Made in Tanzania”. Todo cuanto se quisiera podría ser encontrado sin tener que invertir más que unos poquísimos dólares. Por cierto, la novedad del momento eran unas manitas que, a colmo de lo barato que era todo, venían incluidas con cada compra. O más bien eran el regalo para quienes hacían compras que excedieran cierta cantidad de dinero. Al menos eso contestaban en las tiendas cuando la gente regresaba preguntando por su procedencia. La realidad es que nadie sabía con certeza. De todas maneras no había mucho para gastar. Así que llegar a casa con unas de aquellas, más que un lujo, sería mero capricho.

Claro es que siempre hubo quienes ya de vuelta en casa, de entre los bolsillos y dobleces de las prendas compradas, encontraran varios de aquellos amorenados ramos de cinco deditos. Cosa que no extrañaba a nadie pues gastar en misceláneas se hace práctica de mucho antojo por estos lares. Semanas antes de nochebuena podrías haber visitado hogares en que sólo manitas figuraban como adornos de navidad. Incluso, según el número de niños en cada casa serían los pares que adornarían alguna pared de la sala. Las manitas de Jesús, como les llamaban sin más apremio, habían arropado a Caracoles.

Como era de esperarse, el misterio de un círculo perfecto se cerraba una vez más. El 25 de diciembre unos piecitos descalzos corrían por sexta ocasión, sin aún haber salido el sol, a través del pasillo en dirección de las tintineantes luces que anunciaban la epifanía de las pequeñas manos del Salvador.

Al quitar las cintas y rasgar el papel Teíto sentía como un pellizco de ilusión regresaba a tensarle las mejillas. De dónde venían las cajas o su contenido era lo de menos; cosa de poca importancia. Sabrás, y aunque te cueste lo mismo que a mí entenderlo, el niño Dios seguiría poniendo con sus deditos todos aquellos regalos. De hecho, no hubo casa que no supiera de sus manitas y de aquel batallón de angelitos que hacían al mundo pequeño. Aquellas que lograban que llegaran obsequios desde los confines más remotos de Indonesia, Bangladesh, Burma y Malasia cumpliendo así con la misión para la que habían sido puestas en este mundo.

Aquella mañana Margó y Mamita encontraron a Teíto durmiendo bajo el pino artificial con una sonrisa dibujada en su carita. Vestía sus nuevos regalos mientras descansaba como si en su sueño cientos de angelitos lo cargaran en sus brazos. El barrio Caracoles había sido, una vez más, arropado como por un milagro de amor, por una inmensa ola de obsequios. Eran tiempos difíciles pero al menos Teíto lucía, ya en su profundo sueño, la camisa y el pantalón nuevo que el niñito Jesús le había traído.

Margó no entendía cómo el pequeño Mateo a sus tiernos nueve añitos se levantaba tan temprano. Tampoco pudo entender de dónde habían salido un par de pequeñas manchas en forma de manitas que la camisa nueva de Teíto mostraba en el pecho. No era costumbre de Mateíto salir sin permiso de la casa. Y sus manos estaban tan limpias como cuando lo habían acostado después de haber tomado su baño. Pero lo que nunca Margó ni Mamita hubieran podido entender sería el origen de unas manitas que habían encontrado en los bolsillos del pantaloncito nuevo de Teíto.

Eran como de la más delicada porcelana o más bien como de una cera bien trabajada; como buñuelitos del color y la tersura del más fino caramelo. Mostraban con perfección de detalles todas y cada una de las arruguitas que una madre inspecciona en las manos de su recién nacido tan pronto como lo tiene en sus brazos. Incluso el detalle llegaba a la sensación. Bajo sus uñitas se encontraba esa tierra que las madres más cuidadosas quitarían con un palillo de algodón para no lastimar la ternura de su niño. Como decía antes, nunca… nunca… ni Margó ni Mamita hubieran podido entender de dónde provenía semejante creación. Y digo “hubieran” pues no fue salvo hasta la mañana del 26 cuando Margó, con lágrimas en los ojos, llamaba con desesperación a Mamita para que junto a ella, de pie en medio de la pequeña sala, como guiada por una honda sospecha, vieran en televisión… una vez más… aquellos morenitos que parecían buenos y que se arropaban con el cielo.

Esta vez los arropaba el mar.*


*A las manitas de Indonesia, Tailandia, Sri Lanka, India, Bangladesh, Burma, Malasia, Islas Maldivas, Somalia, Kenia, Tanzania y las Islas Seychelles muertas el 26 de diciembre de 2004. Ahora el mundo sabe que existían.

martes, 8 de julio de 2008

AVENTIS #2 - El Dragón

Para quienes no conozcan la anécdota, o la recuerden por la mención que el amigo Minucius Generikus hiciera de la misma en cierto momento, este es el cuento que le mereciera al Copista el más que gratificante calificativo de “PUERCO” por parte del profe Edgardo Rodríguez Juliá. Que lo disfruten (especialmente quienes hacen juicios valorativos morales sobre cuestiones estéticas o literarias).



“El Dragón”

“La mujer no es un sueño de Dios,
sino del hombre,
[...] y este destierro donde amamos
y somos vencidos...”
Julio César Pol

“Lo que es igual no es ventaja”
Proverbio popular

-Ahj..., hum..., hum...
Ahj. Ahj. Ahj...
Huuummmmmmm...-

Con cada segundo que pasaba, sus uñas se iban enterrando cada vez más y con más fuerza contra el mattress que, con el pretexto de la temperatura, ambos habían arrastrado hasta el medio de la terraza. El sudor que con desespero producían, se les acumulaba en las espaldas así como alrededor de las bocas y los ojos, lo que por momentos se veía interrumpido por alguna mano torpe y ligera. Parecía como si al unirse los cuerpos, todo el líquido que se lleva por dentro quisiera reventar en charcos de deseo. El ardor que producía en los ojos el sudor, y la luz que del sol en ocasiones se colaba con la brisa por entre las ramas de los árboles, en ella lograban la sensación de alucinantes episodios de desvarío. Él, al notar el delirio en su mirada, y cómo se amontonaba entre los pechos de ella el sudor que de su mentón caía, aceleraba a contratiempos el ritmo de su sublime ritual de victimario. Mientras tanto, el mattress ronroneaba cada vez más fuerte con el pasear de las uñas de Indira sobre él.

–No te detengas…sigue, sí... – susurraba Indira mientras la ausencia de aliento a causa de su irregular respiración, terminaba por asfixiar todo intento de comunicación mediada por palabras. Él sólo tragaba y escupía aire caliente con más prisa en cada bocanada.

Sergio siempre había tenido ese aire dentro de sí y no fue hasta los trece que esperó para lanzar hacia fuera todo ese fuego que en él ardía. Desde entonces era todo un dragón y esperaba siempre con ansias el descuido de alguna virgen que se rindiera en sacrificio. Así era cómo recordaba él su momento perfecto: el olor a miedo entre las sábanas, el sabor de lo presto por conocer, el aire cargado de las ansias y el vapor de los cuerpos, y al final, luego del sudor y el delirio, un cuerpo yaciente que sangra por la herida que lo proclama vencedor.
Leda había sido la primera en caer. Tendría algunos quince, pues era casi dos años mayor que él. En adelante su relación con Sergio sería una de lazos muy fuertes, una amistad rodeada de privilegios y, más que por caprichos, una relación determinada por la legitimidad de sus necesidades. A través de Leda, Sergio había conocido a Indira y, con el paso del tiempo, a todo el círculo de sus amigas. Ya para los veintiuno todas habían conocido también a Sergio y, con él, al dragón que lo habitaba.

–¿Qué dirá Leda cuando sepa que estuvimos juntos?– preguntaba Indira -¿no piensas en eso?- continuaba diciendo en un bajo tono de voz mientras se paseaba desnuda por la terraza cubriendo sus senos con las manos.
–¿Sobre qué?– contestaba Sergio con otra pregunta como restándole importancia a aquel encuentro. –Dirá lo de siempre, no sé, siempre le he sido honesto. Ella sabe que entre nosotros no hay un compromiso.
–¿Eso piensas?– añadía Indira.
–Sí… eso creo. Le cuento todo y, sobre tener relaciones, ella misma dice que para que le pase con otro, que le pase conmigo que soy su mejor amigo. Además, a nadie se le hace más daño que el que uno permite que le hagan.
–Somos buenas amigas... – comentaba Indira en el mismo bajo tono de voz que antes, pero ahora como en busca de una reacción en particular.
–Nosotros también lo somos – contestaba Sergio con espantosa naturalidad –Por eso compartimos de la forma en que lo hacemos.

En respuesta a esa contestación Indira reaccionaba con aparente conformidad y calma, lo que a Sergio no parecía inquietarle mucho pues como era de esperarse, según él, Indira quedaba del todo complacida.

Indira había sido la última en caer ante el dragón y él, como de costumbre, iría a celebrarlo junto a sus amigos. Lo de “dragón” se lo habían puesto ellos como apodo; y con ellos acostumbraba reunirse para hablarles al detalle de sus hazañas como hombre y de lo bueno que era en eso. Sobre estas reuniones se construían fantasías, se creaban expectativas y se alimentaban egos voraces sobre los cuales a su vez se iban gestando los sucesores del “dragón”. Fue en una de esas reuniones de hombres que salió de su propia boca, la idea de tatuarse un dragón en los genitales. Sí, “en los güebos”, como decía él mientras se agarraba la entrepierna.

–¿En dónde dijiste?– preguntaba Eugenio sin saber aún qué tono ponerle a su pregunta.
–¡Ahí!– contestaba Sergio.
–¿Pero este diablo de hombre está loco?– preguntaba Eugenio como para sí mismo conociendo ya la contestación.

Eugenio conocía cosas de Sergio que nadie más conocía. Habían sido amigos desde la intermedia y cuando no le ayudaba a Sergio como alcahuete en algunas de sus conquistas, al menos ocultaba algún secreto haciéndose cómplice de éste de todas maneras. Entre algunas de las cosas que Eugenio conocía de Sergio, y que incluso era de naturaleza un tanto perturbadora, había una que tomaba matices realmente inquietantes. Esto era el particular apetito de éste por las vírgenes. Todas y cada una de las muchachas con las que había estado y frecuentaba, habían llegado impúberes a sus manos. Leda, Dina, Tamar, Indira; todas... todas eran vírgenes. Sergio conocía todo acerca de cada una de ellas, y muy en especial, los días en que llegaría la regla. Así que acostumbraba frecuentarlas durante su periodo de menstruación; era tras el olor de la sangre que el dragón llegaba ante el altar del sacrificio, y al ver ensangrentadas las sábanas fantaseaba con la idea de haber tomado a otra virgen.

–¿Tienes una idea de lo doloroso que es tatuarse precisamente ahí?– preguntaba Eugenio –Es el área más sensible de todo el cuerpo – reponía.
–Sí, lo sé.– decía Sergio sin darle mayor importancia al asunto.
–Pero ¿tú estás loco?– preguntaba Eugenio sin saber aún si pasar de la duda al asombro.
–No, no estoy loco. Total, Leda tiene un cisne tatuado en la cadera y si un hombre se va a tatuar, que se tatúe donde lo tiene que hacer.

Ya decidido, comenzaba el proceso que tomaría varios días. Al llegar al estudio, en éste se hacía notable un fuerte olor a desinfectante, lo que por asociación creaba la impresión y el miedo que se tiene cuando de niño se visita un hospital por primera vez. Era un olor que, más que a limpieza, daba la sensación de mucho por limpiar. Todo estaba pintado de negro y como por sobre las paredes de una galería gótica desfilaban diseños de todo tipo de demonios, símbolos tribales y mujeres desnudas. La música era ensordecedora; y si algo positivo tuviera que decirse, era que esto eliminaba la posibilidad de la ansiedad que pudiera crear el escuchar algún grito. Sencillamente el lugar se hacía perfecto para una misa negra.

Quien tatuaría a Sergio surgía de entre la nada de la pintura negra de las paredes y la oscuridad del pasillo que daba hacia el fondo del estudio. Este vestía sólo un mahón negro ajustado que se hacía una pieza con sus botas y por camisa llevaba una oscura capa de tinta entallada a la epidermis que le cubría desde el cuello hasta las muñecas. Las agujas y la tinta estaban listas y, más allá de lo artístico, el sudor y la sangre esperaban erguidos la más que artística, erótica mutilación de un cuerpo. Las agujas se deslizaban a dentelladas sobre la rígida piel dejando rastros de tinta y sangre, sobre quien rastros de sangre acostumbraba dejar. De cada punzada brotaban negras y sangrantes escamas que, unidas en oscuro mosaico, daban paso al nacimiento del dragón. Todo el fuego que ardía dentro de él parecía arderle ahora sobre la piel, y en la medida en que la sangre corría crecía un dragón sediento de ella.
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La marca de la bestia por fin había sido completada. Primero fueron las líneas, luego los colores y finalmente, lo no previsto por Sergio, la larga espera sin víctimas para el dragón en lo que éste sanaba de su temporal deformidad a causa de las agujas. En ese tiempo, las horas se hacían más lentas y el dragón esperaba intranquilo al momento en que pudiera poner en acción su nueva bandera de hombría. Este tenía que esperar un mes antes de volver a oler la sangre y la indefensión de sus víctimas sobre las sábanas. Y seguramente las muchachas estarían, según él, esperando su venida. Mientras tanto sólo tendría que esperar y rogarle a Dios que aquella hinchazón que parecía eterna, se fuera de una buena vez.

Durante esos días, las muchachas comenzaron a ser vistas juntas de nuevo, algo que hacía tiempo no ocurría. Estas, durante las tardes, ya caída la noche, se reunían bajo los enormes sombrillones verdes de un negocio al aire libre llamado Las Cuatro Estaciones. Ahí tomaban café y hablaban de sus cosas como suelen hacer las mujeres. Reían y compartían como si entre ellas no hubiera nada que fuera a poner en riesgo esa amistad que sobrepasaba los años, los miedos, los egoísmos y hasta los secretos, que en cualquiera de los casos, habían dejado de serlo.

Eugenio, que una de esas tardes caminaba cerca del lugar en donde las muchachas se reunían, veía cómo esta situación podría ser de alguna manera perjudicial para su buen amigo Sergio y se dirigía a casa de éste para informarle de lo que sus ojos habían visto. Al llegar a casa de Sergio, éste se encontraba en muy mal estado. La hinchazón no bajaba y el área se le había resecado provocando que la piel se le cuarteara sangrando en algunos momentos. El ardor era desesperante; el fuego del dragón lo estaba atormentando.

Días después, como de costumbre, las muchachas tomaban café y hablaban libres, soberanas y tropicales, con la misma naturalidad y alegría con que siempre lo habían hecho. Hablaban; y mientras lo hacían se movían y reían a la vez que tocaban sus cuerpos. Tamar se agarraba las caderas y paraba los labios de forma sensual. Igualmente, Dina tocaba y presionaba contra sí sus pechos y tomaba una actitud erótica mientras las demás se reían y hacían ruidos extraños con sus bocas. Bromeaban y hacían gestos y movimientos de connotación sexual.

–Así, papi, así –decía Tamar de forma burlona mientras todas reían –. Soy toda tuya; estoy indefensa ante ti – añadía con el mismo tono.
–¡Eres una maldita!– decía Leda entre carcajadas. –El pobre imbécil se creía tan macho – reponía.
–Ahj, Ahj, Ahj, Hummmm... – gemía Indira cuando abruptamente todas reventaban en una carcajada contagiosa que no podían contener.
–¿Y la idea del dragón? – preguntaba Dina entre carcajadas.
–¡A mí no me mires! – exclamaba Leda. –La idea fue de Indira.

Eugenio pasaba por el lugar y veía cómo se divertían las muchachas mientras su amigo Sergio, en su casa, al rascarse literalmente se traía en cada mano puñados de escamas. Leda lo veía a lo lejos y entre risas miraba a los ojos de sus amigas y les decía:

–Muchachas; y hablando de todo un poco, ¿qué les parece Eugenio?

jueves, 5 de junio de 2008

AVENTIS PUBLICA CASQUILLOS

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Como se dijo desde un principio, aunque no en el mismo orden en que han ido cayendo sobre el suelo, los Casquillos del Copista fueron pensados como una propuesta de corpus textual. Así que para aquellos a quienes les gustaría ver los Casquillos como un libro, sepan que muy pronto podrán conseguir los mismos en un Walgreens cerca de usted junto a los libros de Cohelo, Dan Brown, J.K. Rowling y Silverio Pérez gracias a un esfuerzo de Ediciones Aventis. Eso si, nunca olviden que el Copista cuenta AVENTIS.


"Lo que he leído de ti, pese a alguna ironía que se me haya escapado a tiempo, siempre me ha parecido interesante. No puedo arriesgar más, porque no te conozco ni como ser-humano ni como poeta. Porque el poeta, el tuyo en este caso, es infinito como el mío. Tal vez no nos entendamos, pero no importa, La única diferencia que veo "hoy" es que cuando yo tenía tu edad, cuando buscaba a "Dios" desesperadamente en mis viajes de LSD, era menos violento que tú, más tímido y más ingenuo."

Yván Silén
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Nombre, logo y monograma de Ediciones Aventis ® son marcas registradas, Derechos reservados de Jorge David Capiello-Ortiz © 2008.

viernes, 14 de diciembre de 2007

AVENTIS #1 - La nota al calce

Este cuento recibió, como premio de consolación, una mención honorífica en el Certamen de Cuento El Nuevo Día 2004 y fue publicado en el suplemento La Revista el domingo 10 de septiembre de 2006, p. 37.

(Manos Dibujando original de M.C. Escher, edición de J.D. Capiello)


La nota al calce 1

Por: Andy Reef


Siento como me van creando
Niebla- Miguel de Unamuno


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1 El lingüista américo-sueco Andrea Girard Riefkohl, nacido en Munich el 15 de mayo de 1913, y también conocido por la crítica y algunos especialistas como Andrew Riefkohl, según el último informe de la División de Archivos e Investigaciones Históricas del International Modern Languages Institute, fue reconocido póstumamente durante el día de ayer en la convención que se celebra anualmente por dicha entidad como quien creó e implantó el uso de La nota al calce en su formato, tal como se conoce dentro de la investigación moderna. En esta actividad, se presentaron manuscritos cedidos por la viuda del afamado investigador que muestran claramente el inicio de lo que en nuestros días ha pasado a ser parte importante a efectos de dar referencias, complementar y puntualizar información más detalladamente o simplemente hacer apartados sobre aspectos múltiples que no sean desarrollados con detenimiento en el texto medular de una investigación.
Engel Spievak junto a Georg Szczerbiak, dos de los allegados y colaboradores más cercanos al doctor Riefkohl, fueron quienes tuvieron a su cargo las dos ponencias magistrales de la jornada. Szczerbiak, respetado semiólogo quien había sido su discípulo en la década de los ’60, tuvo la encomienda del cierre a lo que dedicó aproximadamente cuarenta y cinco minutos de interesante charla. Entre algunos de los temas más sobresalientes de su exposición estuvieron: el respeto alcanzado gracias a la pertinencia de las investigaciones del lingüista, la responsabilidad intelectual y el compromiso académico de éste, además, la tan esperada discusión sobre los planteamientos de Riefkohl por lograr investigaciones que estuvieran cada vez mejor documentadas.1 La charla no sólo fue acompañada con los ya controversiales y tan conocidos comentarios de Szczerbiak, sino que la misma también contó con proyecciones en formato Power Point de algunos de los manuscritos del Dr. Riefkohl. En estos se hacía notable la compulsión con la que aparecían continuos apuntes al pie de página, enumerados en la mayoría de las ocasiones con números naturales y en otras menos recurrentes con letras o incluso en alfabeto griego. También se observan textos donde los apuntes o notas al calce superan en cantidad considerable el texto medular de muchas de las investigaciones llegando incluso a ocupar más de la mitad de página.
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1 Un sector considerable de la concurrencia en desacuerdo con algunas de las posturas de Szczerbiak, durante un conversatorio subsiguiente a la plenaria, hizo declaraciones sobre la absurda pretensión de Riefkohl de hacer del ejercicio investigativo un record fehaciente e incuestionable. Esta práctica, según muestran muchos de los documentos presentados, hacía de los trabajos de Riefkohl una suerte de enfermizos catálogos enciclopédicos que, más que hablar de su erudición, documentaban un desorden de carácter maniaco compulsivo por lograr capturar la verdad.1
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1 Sobre este punto, tanto Szczerbiak como Spievak, parecen querer mostrar de alguna manera que Riefkohl, con su metodología investigativa, planteaba que la realidad podía ser construida a modo de sofismos a partir de una serie de operaciones investigativo-discursivas. Entre éstas, se retoma el concepto de “scopus” (propósito), tomado de Gadamer; donde el contexto desde donde se habla, constituye la base y presupuesto bajo los cuales debe ser entendido un texto. Por ejemplo, los textos sagrados deberían ser aceptados desde el espacio de la fe, lo que él llama “la promesa”, de donde adquieren su carácter de verdad: “Esa afirmación realizable que la palabra como promesa encuentra, en la admisión de la fe, hace cierta la promesa y verdadera en cuanto no miente. Pues si bien la promesa no ha sido corroborada o constatada respecto a su término esto no la hace falsa. La promesa lleva en ella lo posible, encierra en sí lo probable, lo llevadero a término [...]” (Szczerbiak, De lo probable, Hatherleigh Press, 1997, p. 237).
Como homenaje póstumo,1 Engel Spievak, en uno de sus libros dedicados a la obra de Riefkohl, discute otra de las dinámicas. Éste comenta: “La realidad se ve sobrepasada, quedando un aire de satisfacción sobre aspectos en los que la naturaleza la niega, pero sin que la posibilidad por la que se ha visto sobrepasada constituya en manera alguna un acto de mentira o falsedad.” (Spievak, Ficciones Empíricas, Ed. Paidós, 2002, p. 189). Con esto último, Spievak plantea que Riefkohl en sus escritos no intentaba plasmar la realidad tan compleja y detallada como ésta pueda ser, sino que, lo que intentaba era mostrar cómo la misma era modelada en la medida en que cada nota al calce daba una versión (ampliada diría él) de la realidad que superaba o sobrepasaba la versión anterior sin falsearla o contradecirla.
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1 Este homenaje póstumo se da como parte de un acelerado proceso de publicación por rescatar la obra del desaparecido lingüista Andrew Riefkohl y de quien a dos años de su accidente aéreo no se ha tenido noticia alguna. Algunos especulan que el investigador alemán continúa vivo pues sus restos no han sido encontrados. Por otra parte, durante los últimos meses, a raíz de la última convención del International Modern Languages Institute, en Luxemburgo fueron hallados una serie de manuscritos adjudicados al Dr. Riefkohl. En estos tanto la estructura como el estilo hacen un tanto dificultosa la investigación. Los marcadores de tiempo en dichos textos parecen ser el producto de una redacción en presente constante como parte de un accidentado e interrumpido proceso de escritura por lo que determinar el momento exacto en que fueron escritos es prácticamente imposible. Sólo podría decirse con seguridad que "están siendo escritos en ahora".
En cuanto a estructura, los textos siguen mostrando, aunque con ligeras variaciones, la tendencia por hacer de las notas al calce un texto que más que apoyar o autorizar el texto medular son el texto medular y a la vez parte de él. Durante los últimos años de “Rief”,1 como le
llamaban sus colegas más allegados, éste fue visto en su pequeña oficina de la Universidad de Munich durante largas horas y bajo luz tenue, rodeado de amarillentos y carcomidos papeles anotando sus textos con alfabeto griego pues, según él, este sistema gozaba de una uni(ci)dad orgánica de la que carecían los números. Explicaba Andrew que los números, a pesar de tener una proyección ad infinitum, cada uno de éstos tiene un valor absoluto independiente de los demás. En el caso de las letras, por su dualidad fonal y gráfica, aunque cada una de éstas tiene un valor determinado siempre remiten a otras y a otros significados dentro de un sistema que se amplia conservando tanto lo que la hace idéntica como lo que la identifica. Viejos textos fueron revisados y anotados llegando a ser palabras en griego las que enumeraban sus notas al calce. Incluso en escritos en los que apareciera una palabra griega como enumeración, y que se repitiera en otro texto, se complementaban pues aunque no tocasen temas relacionados una no contradecía la otra. Como era de esperarse este sistema tuvo severas críticas.
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1 Andrew Riefkohl abandonó su proyecto y en varias ocasiones fue escuchado comentando entre algunos de sus colegas la necesidad de retirarse por algún tiempo porque estaba trabajando en algunas nuevas ideas, pero ya no sobre la nota al calce sino sobre el texto.1
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1 Para detalles refiérase a la única nota al calce que acompaña este trabajo.