Materialidad en dos instancias como subversión del lenguaje.
Advertencia:
Quien aquí se dispone a entablar esta tentativa de comentario literario no es Jorge David Capiello-Ortiz como originalmente se había anunciado. A tal razón se hace la salvedad de que si bien es el Sr. Capiello quien leerá este comentario al libro Frutos Subterráneos de Alberto Martínez Márquez, lo que estarán escuchando es la lectura que el Copista Calisténico hiciera a tal poemario y al cual el Sr. Capiello accediera a leer en su ausencia. Como única credencial se argumentará que el susodicho Copista se inserta en una tradición a la que han pertenecido figuras como Bolaño, Faulkner y Henry Miller. El Copista Calisténico, para efectos de rigor literario, se desempeña (2007) como guardia de seguridad y que eso baste para facultar el siguiente análisis.
Hecha la aclaración, antes de cualquier cosa, me gustaría dejar en claro los dos presupuestos desde donde parto para hacer esta crítica, comentario o más bien lectura al libro que esta noche nos ocupa. El primero es que desde siempre he asumido, en lo muy personal (y no redundo; reitero), di facto que: todo texto muy en primera instancia no es más que un pretexto. Y segundo que: todo comentario o crítica literaria no es más que una cuestión de gusto sostenida por un ludismo argumentativo bajo la pretensión de cierto rigor académico. Dicho lo anterior paso pues a lo que interesa para esta ocasión.
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Tal es mi poesía: Poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo,
con que te apunto al pecho.
No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Una perceptible materialidad en estos versos de Celaya hace idóneo el título que Martínez Márquez muy acertadamente elige para su libro. Me refiero a esa materialidad a la que se alude con lo producido. Me refiero a la Poesía-herramienta, al obraje, lo artesanal; más específicamente, al no bello producto, a ese fruto no perfecto o como el autor prefiere llamar: subterráneo.
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Si aceptamos la propuesta de una concepción material, o sobre la materialidad del lenguaje, dicha concepción resultaría en no menos que una conciencia del oficio de escritor que ubique al producto de su quehacer en una relación de plusvalía con respecto al mismo. Es decir: el valor final del producto escapa a la voluntad del que produce o a la reciprocidad que supone el justo valor de su esfuerzo; o más bien, como poco, siempre se producirá más valor que lo que el obrero de la palabra obtiene de ésta. Ya Barthes comentaba sobre “un exceso del texto”; “lo que en él excede toda función (social) y todo funcionamiento (estructural)”;[4] un “lujo del lenguaje” al que se refiere como “riquezas excedentarias”.[5] De ahí que Alberto conciba su relación con el lenguaje como oficio de una constante pugna ante, y entre, Las formas del vértigo que adquieren y representan aquellas “riquezas excedentarias” y los Frutos subterráneos como dilución del valor del lenguaje en tanto producto y, ya en su carácter semiológico, como culturema.
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los árboles del parque se masturban
cuando oyen las sirenas del sexo en plenilunio
la máscara bosteza tonel de gatos negros
disueltos en un maullido al unísono
las mujeres que pasan tienen sudadas las alas
y ya no hablan de Miguel Ángel
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El vértigo aquí aparece como parte de ese lenguaje inasible que escapa a reciprocar el valor que el poeta entiende justo con relación a su quehacer como productor. La subversión entonces se da como el resultado de una inmaterialidad que hace del lenguaje una nueva forma del vértigo en la que ya ni el hablar de Miguel Ángel, como en The Waste Land, desde la enajenación, despreocupadamente o desinteresadamente, logra diluir el valor o plusvalor del lenguaje como culturema de lo sublime o lo elevado. Igual pasa con la referencia que, en el poema En vísperas del día, el autor hace al mencionar a San Juan de la Cruz. El poema lee, “so pena de establecer el juego! / (San Juan de la Cruz deglute sus papeles junto a la puerta asechada)” como diciéndonos que tal juego no es más que, como titulara su libro la Dra. Luce Lopez Baralt, un Asedio[s] a lo indecible. O como se comentaba antes, un asedio a lo inasible del un lenguaje Materia inmaterial, como lleva por título el poema con que abre la última sección del libro: A Contraluz; un lenguaje que se muestra volátil y plurivalente o mejor dicho: plusvalente.
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Ahora bien, queda aún por ver cómo el poeta Alberto Martínez Márquez hace gala de su nalgaje literario para, en un gesto de subversión, asumir una materialidad del lenguaje que le permita, como dijera Barthes, mostrar con audacia su trasero al Padre Político del lenguaje. Es cuando Frutos subterráneos aparece para el poeta como opción y nuevo posicionamiento frente a un quehacer que, como comenta En el mal día, aforismo con que cierra Las formas del vértigo, “hoy [le tiene] calvo el pensamiento”.
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no conozco otra cosa
aquí
en la intermitencia
que
el susurro tribal de madera
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En 3 (Estudio interior), tercer poema de estos frutos no perfectos como dijera Celaya, o Frutos subterráneos, como les llama el autor, ya no hay vértigo; al menos como aquella inaprensibilidad de lo inmaterial del lenguaje. El autor parece concebir un nuevo lenguaje o actitud ante el mismo; una nueva materia sobre la cual ejercer oficio. Dirá la voz del nuevo sujeto lírico:
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sin vértigo a lo alto
suerte de vectación
suerte de tigre blanco
suerte de comienzo
patio anfibio en el tapiz
de la sospecha
[…]
porque todo color
tiene su fuga
su debida proporción
en otra parte
del hecho al cuchitril
va una larga cadena
de desvelos posibles
por donde el alma pulula sin fondo
oh
qué liviano es todo esto
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Una nueva materialidad es asumida con respecto al lenguaje como materia prima. Entre todos los “desvelos posibles”, antes vistos como formas del vértigo, ahora todo es liviano, se pasa “sin vértigo”, “del hecho al cuchitril” como quien pasa de la metalurgia a la orfebrería; es decir: del arte a la artesanía. Si como versaba José María Lima, “cada toro [tiene asignada] su España”, desde “el tapiz de la sospecha”, “todo color tiene su fuga / su debida proporción”. Es decir: le llego su sábado a la poesía. En otras palabras: se diluye la desproporción del plusvalor que antes sumía al poeta en Las formas del vértigo. La palabra como materia ya no es misterio sino disciplina y oficio casi al modo de las castas o gremios. Por tal razón no es sorpresivo encontrar un poema como el titulado Leyendo un poema del surrealista chileno Braulio Arenas a las 2:17 de la mañana donde el poeta pregunta al maestro artesano:
dígame Sr. Arenas
cómo le extirpa el sueño
a un pájaro que se abate
en el fondo del papel?
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Ahora el vértigo se presenta en el poema titulado La crónica como género urbano, ya no como lo inasible, sino como un nuevo producto y por lo tanto como materialidad deliberadamente maleable; manipulable. De hecho, aquí desaparece del panorama aquella elevada postura del poeta como creador para dar paso al constructor. El poema dice, “deliberadamente piernas cabezas y manos / construyen su vértigo rudimentario / sobre la lluvia en fiebre de pájaros sin cuerpos”. Incluso, tal materialidad llega al punto de plantear la palabra como bien mercadeable dentro de un proceso que llene las necesidades, por que no, materiales. Tal es la propuesta del poema La locura del uso, que ya desde su título refiere a la manipulación material de la palabra o el lenguaje como bien y producto de consumo. El poema lee: “por mis palabras / corre una cadena / que me quita el hambre”. En el afán por diluir la palabra como signo de lo elevado hasta llevarla al rango de materia, el poeta someterá el lenguaje incluso a leyes que apliquen a la física. Así aparece en Teoría del movimiento antes de ser efectuado la ecuación de “(E=MC2)”. Juegos con el espacio tendrán que observarse dado que la materia ocupa espacio y un ejemplo de esto lo es el pictograma que encontramos en el poema Espejos simulados o el acomodo de los versos en poemas como Virtualidades y 13 (Cuerpo sin término cuerpo) donde el lenguaje es desintegrado en partículas materiales como unidades básicas de un andamiaje puramente material y estructural. El vértigo en estos poemas no es más que un Fruto subterráneo. Todo incluyendo el vértigo o la misma inmaterialidad del vació pueden ser manipuladas; confeccionadas. La voz del nuevo sujeto lírico dirá en el poema Cosmogonía que: “atisbo en / la oquedad del aire / el principio del mundo”.
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aquel cuyo único antídoto
contra las malas influencias
a sido el de no escribir
absolutamente nada.
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Quien crea en la generación espontánea del genio o en los sombreros que escupen conejos y no en la poesía como fruto subterráneo que se dedique a la alquimia. De lo contrario, no queda más que decir por parte de este escriba advenedizo que responde al mote de Copista Calisténico sólo una cosa. Bonito trasero Alberto. Para este servidor a sido todo un gusto poder encontrar un texto que se preste sin reparos a mis caprichos como lector. Como dije en principio: todo texto, un pretexto; toda lectura: sólo una cuestión de gusto. Aquí les va el mío.
Notas:
[1] Luis Raul Albaladejo, La Generación Soterrada, Claridad, 10-16 de Julio de 1987/Suplemento en Rojo, p. 14.
[2] Mario Alegre Barrios. Cazador de signos, El Nuevo Día, 7 de octubre de 2007, págs. 106-108.
[3] Barthes, Roland. El placer del texto y lección inaugural, Argentina: Siglo XXI Editores, 2003. pág. 85.
[4] Op. Cit. pág. 33.
[5] Op. Cit. pág. 39.





















